En tiempos en los cuales el bipartidismo estadounidense ha alcanzado niveles inusuales de hostilidad, republicanos y demócratas han venido acelerando la marcha de sus campañas con el fin de consolidarse en una contienda electoral que poco a poco comienza a dibujarse mejor. Dadas las coyunturas actuales, el camino a la Casa Blanca puede ser más difícil para los republicanos. Sin embargo, un resultado final adverso sería muchísimo más devastante para los demócratas. Para ambos partidos existe la posibilidad de que el 2.008 se convierta en una pesadilla.
Para el partido republicano, las elecciones tienen desde ya el sabor de una pesadilla anunciada. Para comenzar, los republicanos tienen de frente la difícil tarea de reivindicar con éxito la desacreditada administración de los últimos ocho años. El sólo fracaso en dicha empresa, podría provocar un cambio de poder en la Casa Blanca.
Por otro lado, los candidatos con más opción de tomar control del Ejecutivo contrastan abiertamente con las bases tradicionales del partido republicano. Hillary Clinton no sólo desafía el “machismo” histórico de la figura presidencial sino que además representa el regreso de un Clinton al poder lo cual sería una bofetada al orgullo republicano. Igualmente, una victoria del senador Obama sería un revés sin precedentes para un partido que históricamente tiene menos que ver con los intereses de las minoría étnicas del país. Ni hablar del descalabro que podría suponer para los republicanos una eventual campaña victoriosa de Al Gore si es que el ambientalista más popular de los Estados Unidos se decide a entrar en la carrera política del próximo año.
Sin embargo, las molestias republicanas no provienen solamente de las huestes demócratas. El candidato que lidera las encuestas republicanas (el ex-alcalde de Nueva York Rudy Giuliani) no hace del todo feliz a la base de su partido. Para muchos, el héroe del 11 de Septiembre es una persona demasiado liberal con respecto al manejo de temas fundamentales para el conservadurismo republicano, sea que se trate de relaciones gay o del aborto.
Existe además una nueva amenaza que se cierne sobre los intereses republicanos. El reciente anuncio de Michael Bloomberg, alcalde de Nueva York, de romper sus lazos políticos con el partido republicano ha abierto la posibilidad de una candidatura independiente que podría herir al partido de la misma forma en que lo hizo la campaña del magnate texano Ross Perot en las elecciones de 1.992.
Si bien los republicanos tienen mucho de que preocuparse, la contraparte no debe relajarse del todo. El hecho de que el actual gobierno republicano esté manchado por el desprestigio alimenta indudablemente las esperanzas demócratas de volver a controlar la Casa Blanca. Sin embargo, el hasta ahora infructuoso desempeño de un poder legislativo que el año pasado volvió a manos demócratas, podría reforzar las etiquetas de debilidad, incoherencia e improductividad que los republicanos tan exitosamente han impuesto sobre sus rivales en los últimos años.
El deseo de librarse de dichas etiquetas ha llevado a algunos candidatos demócratas (particularmente Hillary) a querer mostrar posiciones mixtas en diversos temas con el fin de ganarse el apoyo de independientes y republicanos moderados. Dicha estrategia es para muchos oportunista y podría herir al partido demócrata en la etapa final de las elecciones (tal y como le pasó a Kerry con su aura de flip-flopper). En este sentido, una posible candidatura de Bloomberg sería todavía mucho más nociva para los demócratas ya que aparecería como una opción de mayor coherencia para votantes indecisos.
No hay duda que los republicanos tendrán que hacer un mayor sacrificio para continuar manejando el poder desde la suntuosa residencia de Penssylvania Avenue. Sin embargo, una derrota demócrata sería un terremoto político con el potencial de producir un cambio radical al interno del partido y por qué no, de mover las bases del sistema bipartidista nacional. Amanecerá y veremos.
Para el partido republicano, las elecciones tienen desde ya el sabor de una pesadilla anunciada. Para comenzar, los republicanos tienen de frente la difícil tarea de reivindicar con éxito la desacreditada administración de los últimos ocho años. El sólo fracaso en dicha empresa, podría provocar un cambio de poder en la Casa Blanca.
Por otro lado, los candidatos con más opción de tomar control del Ejecutivo contrastan abiertamente con las bases tradicionales del partido republicano. Hillary Clinton no sólo desafía el “machismo” histórico de la figura presidencial sino que además representa el regreso de un Clinton al poder lo cual sería una bofetada al orgullo republicano. Igualmente, una victoria del senador Obama sería un revés sin precedentes para un partido que históricamente tiene menos que ver con los intereses de las minoría étnicas del país. Ni hablar del descalabro que podría suponer para los republicanos una eventual campaña victoriosa de Al Gore si es que el ambientalista más popular de los Estados Unidos se decide a entrar en la carrera política del próximo año.
Sin embargo, las molestias republicanas no provienen solamente de las huestes demócratas. El candidato que lidera las encuestas republicanas (el ex-alcalde de Nueva York Rudy Giuliani) no hace del todo feliz a la base de su partido. Para muchos, el héroe del 11 de Septiembre es una persona demasiado liberal con respecto al manejo de temas fundamentales para el conservadurismo republicano, sea que se trate de relaciones gay o del aborto.
Existe además una nueva amenaza que se cierne sobre los intereses republicanos. El reciente anuncio de Michael Bloomberg, alcalde de Nueva York, de romper sus lazos políticos con el partido republicano ha abierto la posibilidad de una candidatura independiente que podría herir al partido de la misma forma en que lo hizo la campaña del magnate texano Ross Perot en las elecciones de 1.992.
Si bien los republicanos tienen mucho de que preocuparse, la contraparte no debe relajarse del todo. El hecho de que el actual gobierno republicano esté manchado por el desprestigio alimenta indudablemente las esperanzas demócratas de volver a controlar la Casa Blanca. Sin embargo, el hasta ahora infructuoso desempeño de un poder legislativo que el año pasado volvió a manos demócratas, podría reforzar las etiquetas de debilidad, incoherencia e improductividad que los republicanos tan exitosamente han impuesto sobre sus rivales en los últimos años.
El deseo de librarse de dichas etiquetas ha llevado a algunos candidatos demócratas (particularmente Hillary) a querer mostrar posiciones mixtas en diversos temas con el fin de ganarse el apoyo de independientes y republicanos moderados. Dicha estrategia es para muchos oportunista y podría herir al partido demócrata en la etapa final de las elecciones (tal y como le pasó a Kerry con su aura de flip-flopper). En este sentido, una posible candidatura de Bloomberg sería todavía mucho más nociva para los demócratas ya que aparecería como una opción de mayor coherencia para votantes indecisos.
No hay duda que los republicanos tendrán que hacer un mayor sacrificio para continuar manejando el poder desde la suntuosa residencia de Penssylvania Avenue. Sin embargo, una derrota demócrata sería un terremoto político con el potencial de producir un cambio radical al interno del partido y por qué no, de mover las bases del sistema bipartidista nacional. Amanecerá y veremos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario