Se necesitaron seis años largos para que el pueblo de los Estados Unidos reaccionara a la decadencia política que reinaba en Washington. Seis años llenos de escándalos, despilfarro fiscal y funcionarios inútiles. Seis años en donde se inventaron mecanismos y excusas para justificar violaciones a los derechos humanos y una invasión bélica destinada al fracaso. Seis años con un costo humano demasiado alto.
Durante estos seis años a los estadounidenses se les indujo a pensar que cualquier tipo de cuestionamiento a la política del presidente era un acto antipatriota. Cuestionar la tortura en Guantánamo o Abu Ghraib era mostrar debilidad frente al terrorismo. Cuestionar los halagos públicos que el presidente le hacía al director del servicio de emergencias después de que Katrina despedazara a Nueva Orleans era visto simplemente como una maniobra política de los demócratas para ganar terreno político en medio de una tragedia. Cuestionar el apoyo incondicional que Bush le daba a Dondald Rumsfeld y a su estrategia de guerra representaba poner en peligro la vida de los soldados que estaban luchando contra el terrorismo en Iraq. El mensaje era claro: cuestionar al presidente en tiempos de guerra y de huracanes era medido como un acto de traición a la patria.
Es fácil caer en la arrogancia cuando se veta el derecho a cuestionar. La arrogancia que ha definido al gobierno republicano en los últimos seis años no es más que una consecuencia del veto impuesto sobre dicho derecho. A nivel internacional dicha arrogancia se convirtió en unilateralismo. A nivel doméstico se transformó en polarización política. George W. Bush se convirtió en un experto del despilfarro político. De la misma forma en que no le importó perder el capital político internacional que había ganado después del 11 de Septiembre cuando el mundo entero le brindó su apoyo, tampoco le importó despilfarrar el capital político doméstico que había ganado con su reelección.
Tal vez el presidente pensó que la fórmula mágica que le había inventado Karl Rove, su ingeniero político, le iba a seguir dando dividendos. Movilizar la base republicana desacreditando la oposición con un discurso seudomoralista se había convertido en la clave del éxito de todas sus victorias políticas. Después de muchas alegrías para el partido republicano, la fórmula probó tener sus fallas y los demócratas retomaron un congreso que se les había ido de las manos hacía doce años.
Sin embargo, el triunfo demócrata no es producto del carisma o de las ideas políticas de Nancy Pelosi, Barack Obama o Hillary Clinton. Políticamente hablando, los republicanos siguen siendo más fuertes que los demócratas. La victoria del martes representa por encima de todo un total rechazo a la arrogancia que ha dominado el proceso de decisión política en Washington. La gente simplemente se cansó de tantas mentiras y de tanta corrupción. Tanto así, que fue precisamente el factor corrupción el motivo principal por el cual la gente decidió votar en contra de los republicanos.
Estados Unidos está finalmente saliendo de un letargo largo de seis años. Con el reciente voto legislativo, los estadounidenses han castigado de manera rotunda la administración Bush. El derecho a cuestionar al presidente volvió a ser un derecho que la gente expresó a través de su voto. La amnesia producida por este letargo de seis años ha comenzado a desvanecerse y la gente ha vuelto a hacer uso de su memoria. Se acordaron que fue este presidente el mismo que hace tres años les dijo “misión cumplida” refiriéndose a Iraq. Cuando se dieron cuenta que después de tres años lo único que llegaba de Iraq eran noticias llenas de sangre y caos, optaron de nuevo por ejercer el legítimo derecho a cuestionar. Fue exactamente el ejercicio de ese derecho tan maltratado en los últimos seis años, la razón por la cual los demócratas volvieron a saborear las mieles de la victoria. Pueda ser que el ejercicio de ese derecho sea también el símbolo inequívoco de que el letargo ha llegado a su fin.
Durante estos seis años a los estadounidenses se les indujo a pensar que cualquier tipo de cuestionamiento a la política del presidente era un acto antipatriota. Cuestionar la tortura en Guantánamo o Abu Ghraib era mostrar debilidad frente al terrorismo. Cuestionar los halagos públicos que el presidente le hacía al director del servicio de emergencias después de que Katrina despedazara a Nueva Orleans era visto simplemente como una maniobra política de los demócratas para ganar terreno político en medio de una tragedia. Cuestionar el apoyo incondicional que Bush le daba a Dondald Rumsfeld y a su estrategia de guerra representaba poner en peligro la vida de los soldados que estaban luchando contra el terrorismo en Iraq. El mensaje era claro: cuestionar al presidente en tiempos de guerra y de huracanes era medido como un acto de traición a la patria.
Es fácil caer en la arrogancia cuando se veta el derecho a cuestionar. La arrogancia que ha definido al gobierno republicano en los últimos seis años no es más que una consecuencia del veto impuesto sobre dicho derecho. A nivel internacional dicha arrogancia se convirtió en unilateralismo. A nivel doméstico se transformó en polarización política. George W. Bush se convirtió en un experto del despilfarro político. De la misma forma en que no le importó perder el capital político internacional que había ganado después del 11 de Septiembre cuando el mundo entero le brindó su apoyo, tampoco le importó despilfarrar el capital político doméstico que había ganado con su reelección.
Tal vez el presidente pensó que la fórmula mágica que le había inventado Karl Rove, su ingeniero político, le iba a seguir dando dividendos. Movilizar la base republicana desacreditando la oposición con un discurso seudomoralista se había convertido en la clave del éxito de todas sus victorias políticas. Después de muchas alegrías para el partido republicano, la fórmula probó tener sus fallas y los demócratas retomaron un congreso que se les había ido de las manos hacía doce años.
Sin embargo, el triunfo demócrata no es producto del carisma o de las ideas políticas de Nancy Pelosi, Barack Obama o Hillary Clinton. Políticamente hablando, los republicanos siguen siendo más fuertes que los demócratas. La victoria del martes representa por encima de todo un total rechazo a la arrogancia que ha dominado el proceso de decisión política en Washington. La gente simplemente se cansó de tantas mentiras y de tanta corrupción. Tanto así, que fue precisamente el factor corrupción el motivo principal por el cual la gente decidió votar en contra de los republicanos.
Estados Unidos está finalmente saliendo de un letargo largo de seis años. Con el reciente voto legislativo, los estadounidenses han castigado de manera rotunda la administración Bush. El derecho a cuestionar al presidente volvió a ser un derecho que la gente expresó a través de su voto. La amnesia producida por este letargo de seis años ha comenzado a desvanecerse y la gente ha vuelto a hacer uso de su memoria. Se acordaron que fue este presidente el mismo que hace tres años les dijo “misión cumplida” refiriéndose a Iraq. Cuando se dieron cuenta que después de tres años lo único que llegaba de Iraq eran noticias llenas de sangre y caos, optaron de nuevo por ejercer el legítimo derecho a cuestionar. Fue exactamente el ejercicio de ese derecho tan maltratado en los últimos seis años, la razón por la cual los demócratas volvieron a saborear las mieles de la victoria. Pueda ser que el ejercicio de ese derecho sea también el símbolo inequívoco de que el letargo ha llegado a su fin.

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