domingo, 9 de noviembre de 2008

Segunda oportunidad

Un poco más de siete años atrás, mientras el centro de Manhattan todavía respiraba el polvo tóxico en el cual se habían convertido las Torres Gemelas, los Estados Unidos recibían el apoyo del mundo entero con un gesto de entendimiento global que había sido ajeno a las políticas del siglo XX y que iba más allá de una simple simpatía por el dolor de la tragedia ocurrida el 11 de septiembre del 2001.

En medio de la desgracia, era reconfortante presenciar el afán con el cual los líderes del mundo (incluidos aquellos hostiles a Washington) querían ponerse del lado de una nación que históricamente había sido condenada por su intervencionismo en todos los rincones del planeta. Parecía, como si de repente, aquel acto infame estuviera paralelamente abriendo la ventana a un diálogo y un consenso global sobre los valores que deberían moldear nuestro futuro colectivo.

George W. Bush se encontró entonces con una oportunidad histórica sin precedentes: El mundo se había convertido de la noche a la mañana en un sólo aliado. Sin embargo, la respuesta que le dio la administración republicana a dicha oportunidad fue la implementación de una agenda neoconservadora que prefirió el unilateralismo a la posibilidad de consenso. La activación de tal agenda se convertiría en el punto de partida de un periodo oscuro dominado por la incertidumbre.

Siete años después, la comunidad internacional parece devolverle a los Estados Unidos la simpatía que George W. Bush desperdició con su arrogancia. Dicha simpatía tiene su origen lógicamente en la elección de Barack Obama a la presidencia del país. De hecho, si el mundo hubiera votado con el pueblo estadounidense el pasado 4 de noviembre, el planeta entero habría quedado pintado de azul demócrata. El siglo XXI ha decidido darle a los Estados Unidos una segunda oportunidad de construir el liderazgo que nuestro tiempo demanda.

Vale la pena anotar, sin embargo, que la oportunidad que se le presentó a Bush seguramente fue mucho más grande que la que aparentemente tendrá Obama. Mientras el presidente republicano pudo haber generado liderazgo construyendo, Obama tendrá que generar liderazgo reparando. Siete años atrás, el terror sembrado por el 11 de septiembre había volcado el mundo en torno a los ideales que sostienen la democracia estadounidense. Hoy por hoy, después de que dicho ideales han sido pisoteados por una guerra innecesaria y escándalos como el de Abu Ghraib, Obama tendrá que lidiar con una comunidad internacional más reservada en su apoyo.

A pesar de ésto, el mundo le ha dado una cálida bienvenida a la elección de Obama creando con ello la esperanza de que los asuntos más importantes del momento puedan finalmente ser tratados en un foro de consenso. A lo largo de su campaña, el nuevo presidente transmitió un mensaje visionario que de ser puesto en práctica bien podría darle la oportunidad al mundo de comenzar finalmente el siglo XXI. A George W. Bush la tarea le quedó grande. Esperemos que a Barack Obama no le suceda lo mismo.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Tiempo de soñar

En un año político marcado por la lucha entre la experiencia y el cambio, la histórica victoria de Barack Obama refleja la voz de una nación que de frente a una de sus peores crisis en los últimos tiempos ha optado por reinventarse de nuevo. La victoria del senador de Illinois fue merecida y su campaña se convirtió en un fenómeno global sin precedentes que ha puesto a soñar al mundo.

Un nuevo capítulo se abre en la historia moderna con la elección de Barack Obama a la presidencia de los Estados Unidos. El status quo como lo conocíamos hasta hoy cambia radicalmente no sólo por el hecho de que la Casa Blanca abre por primera vez sus puertas a un afro-americano, sino porque las maquinarias políticas tradicionales han sido derrotadas por una nueva forma de concebir el espíritu político de la nación.

Obama salió victorioso de unas primarias sangrientas contra la maquinaria Clinton gracias a la consistencia de su mensaje y a la estrategia que le montó David Plouffe, su director de campaña, la cual giró en torno a la construcción de un poderoso voluntariado y un detallado estudio del territorio político estaounidense que le permitieron a la campaña maximizar sus victorias y minimizar sus derrotas, hecho fundamental en una contienda que giraba en torno al número de delegados obtenidos.

La victoria en las primarias le permitió a Obama llegar fortalecido al enfrentamiento con McCain el cual a su vez terminó por debilitarse en la querella con el contrincante demócrata después de haberse despojado del positivo caracter de maverick que le ha definido su carrera política. Para McCain, el hecho que pudo haberle costado la elección, fue precisamente el haber sacrificado su aura de republicano sui géneris apelando al cronismo de la base de un partido que se ha quedado enfrascado en un discurso pseudo moral dominado por la intolerancia. Reflejo de lo anterior fue la errada elección de Sarah Palin como fórmula vicepresidencial.

Si a los errores de McCain le sumamos el legado nefasto de la administración Bush y las motivaciones de los votantes que fueron a las urnas (para el 62% del electorado la situación económica fue la razón que movió su voto), las posibilidades de McCain de ganar la presidencia se habían ido reduciendo paulatinamente a un milagro. Sin embargo, el verdadero milagro ocurrió de la otra parte y un afro-americano logró por primera vez en la historia inspirar a todo un país recreando el sueño americano de una manera inigualable.

El triunfo de Obama ha dejado al mundo entero lleno de optimismo. Las celebraciones en las distintas ciudades de Estados Unidos son un fenómeno nuevo que reflejan la alegría del cambio que ha llegado. El cronismo de la derecha de Bush tiene sus días contados y al mundo no le queda sino desearle lo mejor al nuevo presidente. Si Obama logra integrar su mensaje a la difícil agenda que deberá manejar cuando sea presidente, sólo nos queda pensar que el futuro será mucho mejor. ¡Es tiempo de soñar!