Más que tratar de arrebatarle a Barack Obama el liderazgo sobre el voto popular, la victoria de Hillary Clinton en Pennsylvania buscaba persuadir a los superdelegados indecisos de apoyar sus credenciales. En búsqueda de dicho objetivo, Clinton no sólo continuó desmoronando la imagen de su oponente sino también las posibilidades del partido demócrata de alcanzar la Casa Blanca. Es tiempo que los superdelegados salven la suerte de su partido. Tal y como se esperaba, Hillary Clinton ganó la primaria en Pennsylvania. La sólida victoria de la senadora por 10 puntos sobre Barack Obama superó las expectativas y terminó por complicar todavía más la enredada cuenta de delegados que terminará en últimas señalando al aspirante demócrata a la presidencia.
Sin embargo, la campaña de la senadora sabe muy bien que matemáticamente será prácticamente imposible quitarle a Obama su liderazgo de delegados comprometidos y por lo tanto el voto popular que el senador ha establecido en favor suyo. Por dicha razón, las esperanzas de Clinton radican en covencer a los superdelegados de que ella es la mejor opción para vencer a McCain.
Los superdelegados (activistas del partido que representan el 20% del total de delegados) son los únicos que podrán entrar a decidir la suerte de la candidatura demócrata. Dichos superdelegados fueron creados precisamente con la idea de resolver situaciones de empate como la de este año brindándole al candidato elegido una mayoría sólida encaminada a legitimizar su nombre ante los electores.
En Pennsylvania, Clinton reafirmó un argumento importante para persuadir a los superdelegados: su capacidad de ganar los estados más importantes de la nación. Con su victoria en dicho estado, la senadora no sólo se llevó el último gran trofeo de la estación de primarias sino que además su campaña aseguró una barrida total de los estados más fuertes. Haber ganado California, Nueva York, Texas, Ohio y Pennsylvania (sin contar con sus triunfos “simbólicos” en Michigan y Florida) le ayuda a la senadora a construir un caso fuerte para persuadir a los superdelegados que todavía no han decidido a quien apoyar.
Es precisamente un caso de persuasión el que la campaña Clinton ha venido elaborando desde hace tiempo. Un caso que por encima de todo busca cuestionarle a Obama su elegiblidad atacando la capacidad que el senador tiene de ganar en estados grandes, de definir la contienda a su favor a pesar de tener el doble de fondos en sus arcas y sobre todo de acaparar el respaldo de la clase trabajadora blanca que prefiere votar por Clinton y McCain antes que por el senador de Illinois.
Obama, por su parte, sigue aferrado a que la ventaja que tiene sobre el voto popular le ayude a ganar el respaldo de los superdelegados partiendo del principio demócratico bajo el cual estos activistas deberían premiar al candidato que gane el voto popular. Así las cosas, la carrera demócrata se ha transformado en una lucha abierta entre la persuasión y la matemática.
Lo único cierto, es que el paso del tiempo sólo ha ayudado a sembrar dudas sobre la elegibilidad de Obama mientras que ha disparado a las nubes las percepciones negativas que los electores tienen de Clinton quien para muchos ha jugado una campaña sucia y divisoria. Resultado palpable de lo anterior se ve en la forma en que los seguidores de cada bando comienzan a afirmar con más vehemencia que prefieren votar por McCain en las elecciones presidenciales en caso de que su candidato no gane las primarias.
Tal y como lo dice un reciente editorial del New York Times (periódico que de paso apoyara la candidatura de Clinton a la presidencia), es tiempo que Hillary Clinton se retire de la carrera y deje que su partido se mueva detrás de Obama quien, a menos de que ocurra algo extraordinario, será el vencedor del voto popular. Mientras Hillary sigue esperando que algo extraordinario ocurra, el partido demócrata continuará dividiéndose más y más.
Si el partido demócrata quiere conservar opciones altas de ganar la Casa Blanca, es tiempo que los superdelegados abracen la candidatura del virtual ganador del voto popular y castiguen la arrogancia de una candidata que está poniendo sus intereses personales por encima de los de su partido.
