jueves, 20 de marzo de 2008

Estrategias de guerra (Parte II)

Para alcanzar la candidatura demócrata, un candidato debe obtener el respaldo de al menos 2.025 delegados en la fase de primarias. Este respaldo se asegura generalmente en la mitad de dicha fase. Sin embargo, este año con la cerrada lucha entre Clinton y Obama, la posibilidad de que uno de los candidatos alcance el número mágico de delegados se aleja cada vez más. Por tal razón, el voto de los superdelegados crece en importancia como uno de los vehículos a través de los cuales se puede desempatar la contienda.

Durante la fase de primarias cada estado otorga un cierto número de delegados. Dicho número está compuesto por delegados comprometidos y no comprometidos (superdelegados). Por ejemplo, de los 40 delegados que otorga Mississippi, 33 son delegados comprometidos y 7 son superdelegados. Los 33 delegados se distribuyen proporcionalemente entre los candidatos dependiendo de los resultados de la primaria y éstos quedan comprometidos a pronunciarse a favor de un determinado candidato en la convención de partido que elige al ganador de la contienda. Son precisamente los delegados comprometidos los que representan el voto popular. Por el contrario, los 7 superdelegados no quedan comprometidos con ningún candidato después de la primaria sino que pueden optar por adherirse al candidato de su predilección.

Los superdelegados son líderes del partido que incluyen congresistas y gobernadores. Este año serán 795 los superdelegados que participarán en la convención del partido en Denver. Considerando que la diferencia actual de delegados entre Obama y Clinton es de más o menos 150 delegados, el peso de la adhesión de un bloque fuerte de superdelegados a una campaña podría ser definitivo a la hora de definir el ganador de la querella.

Clinton y Obama interpretan de manera diferente la forma en que los superdelegados deberían adherirse a un candidato. Para Obama se trata de hacer respetar el voto popular. Según el senador, aquel candidato que al final del periodo de primarias haya ganado la mayoría de delegados comprometidos debe recibir el apoyo de los superdelegados. Por su parte, Hillary cree que los superdelegados deben apoyar al candidato que demuestre tener más potencial para derrotar a John McCain.

Ambas tesis son entendibles si se tiene en cuenta que Obama lidera el conteo de delegados. Por la misma vía, se entiende la estrategia de Hillary de atacar a Obama llevando la lucha con su rival a un terreno hostil del cual será difícil salir. Bajo estas condiciones, la adhesión de los superdelegados a un candidato ofrece la posibilidad de unir o polarizar al partido afectando de manera positiva o negativa el respaldo del cual gozará el futuro nominado en las elecciones de noviembre.

Si Clinton gana el voto popular y agarra el apoyo de los superdelegados venciendo a Obama con su propia fórmula, la senadora contará con el respaldo de su partido en las elecciones de noviembre. Si por el contrario la senadora pierde el voto popular pero a través de artimañas políticas gana el apoyo de los superdelegados, la gente quedará con la amarga sensación de que su voto no contó aniquilando el entusiasmo que los demócratas han llevado a las urnas este año.

Por el otro lado, si Obama gana el voto popular de manera contundente logrando trasmitir en las últimas primarias que es un candidato con aceptación importante dentro de los grupos que Hillary ha dominado hasta el momento (clase trabajadora blanca, latinos y mujeres) seguramente contará con un fuerte respaldo en noviembre. Si por el contrario, Obama gana el apoyo de los superdelegados sin haberle trasmitido confianza al electorado sobre sus capacidades de dirigir la nación, su candidatura podría alienar un segmento considerable de la base demócrata en favor de McCain.

Todo está por verse. Lo único cierto es que la prolongación del empate entre Clinton y Obama acrecienta el impacto que los superdelegados tendrán en la solución final de dicha contienda. Si a través de este medio se termina por resolver la candidatura demócrata, el éxito del próximo aspirante a la presidencia dependerá en gran parte de la forma en que los superdelegados se adhieran a una determinada campaña. En las manos de los superdelegados puede estar en últimas la responsabilidad de que los demócratas ganen o pierdan la Casa Blanca.

viernes, 14 de marzo de 2008

Estrategias de guerra (Parte I)

Después de la victoria de Barack Obama en Mississippi, la carrera demócrata entró en un periodo de seis semanas de suspenso en el cual los candidatos tendrán que mover sus fichas con inteligencia si es que quieren sacar buenos dividendos del voto que Pennsylvania pronunciará el próximo 22 de abril. Una cita crucial que podría definir el tono con el cual se cerrará la fase de primarias.

Hay dos factores que jugarán un papel importante en el ambiente político de las próximas semanas: el primero tiene que ver con la estrategia que Obama implementará de aquí en adelante para contrarestar los ataques de Clinton. El segundo, consiste en comenzar a definir la forma en que se va a desempatar la contienda demócrata sobre todo en lo que respecta al papel que los superdelegados tendrán en dicho desenlace.

A pesar del momentum que ha recapturado Obama con sus triunfos en Wyoming y Missisippi, la campaña del senador todavía no ha terminado de asimilar las derrotas en Texas y Ohio. Dicho revés debilitó el mensaje idealista de Obama gracias a una serie de formidables y despiadados ataques de parte de la campaña Clinton que sembraron dudas sobre la viabilidad y el caracter del senador. De la noche a la mañana el “Yes We Can” (si podemos) de Obama se terminó transformando en un “Yes We Can... How?” (si podemos... ¿cómo?) que comienza por cuestionarle al senador su capacidad de ganar en estados trascendentales para alcanzar la Casa Blanca como como California, Nueva York, Texas y Ohio.

El problema para Obama radica sobre todo en que todavía no parece haber encontrado la estrategia apropiada para responder a los duros ataques de Clinton. Para un candidato cuyo éxito se ha basado en el aspecto renovador y positivo del hacer política, meterse a jugar sucio sería perder todo lo que representa su campaña. Como lo expresó el columnista del New York Times David Brooks en un reciente artículo, cada día que Obama aparece como un candidato convencional, es un mal día para Obama. Por tal razón, las próximas seis semanas serán cruciales para el senador ya que de alguna forma tendrá que infundirle agresividad a su campaña evitando cuartear los cimientos que están a la base de su nueva forma de hacer política.

Hillary Clinton seguramente continuará desarrollando una guerra a cuchillo contra su contrincante usando cualquier tipo de argumento que le ayude a cuestionar la capacidad que su rival tiene para dirigir las riendas de la nación. En uno de sus últimos pronunciamientos, la senadora dijo que Obama carece de la experiencia necesaria que ella y el candidato republicano John McCain tienen para manejar el país. Un golpe artero que pone a Obama por debajo de McCain en una elección en la cual supuestamente los demócratas tienen el gran objetivo de retomar la Casa Blanca. Al parecer dicha premisa tiene validez para Clinton siempre y cuando sea ella la elegida para representar a su partido en noviembre.

Lo cierto de todo es que desde Iowa, cuando Hillary dijo con un tono cínico “ahora comienza la parte divertida”, su campaña ha hecho uso de toda clase de diatribas para desmoronar el aura que Obama ha construído en torno a su campaña. Por momentos el tono de los ataques se ha mantenido en niveles decentes pero en otras instancias, especialmente cuando la estrategia Clinton ha jugado con el factor racial como recientemente lo hiciera la ex-integrante de campaña Geraldine Ferraro, las maniobras de Clinton nos han hecho recordar que aún en la democracia más dinámica del mundo, la política sigue siendo un negocio sucio.

Una reciente columna de Ryan Lizza en The New Yorker afirma que los ataques de Clinton sólo hacen de Barack Obama un mejor candidato ya que le están enseñando al senador como defenderse. Igualmente, otros analistas ven con buenos ojos la atención que están recibiendo los dos candidatos demócratas. Sin embargo, los términos en que Hillary ha planteado la batalla pueden crear una división gigante al interno del partido que le puede costar la Casa Blanca a los demócratas. A la larga todo dependerá de la forma en que se quiebre el empate entre los dos candidatos y de eso precisamente tratará la segunda parte de este artículo.

jueves, 6 de marzo de 2008

Triple empate

Por el peso político y la diversidad de los estados en juego, la cita electoral en Texas, Ohio, Rhode Island y Vermont había sido tratada como una especie de segundo Super Martes. Después de los estupendos resultados obtenidos por Hillary Clinton y John McCain en dichos estados, esta memorable cita ha sido rebautizada como la noche del regreso. Con sus triunfos en Ohio, Texas y Rhode Island, Hillary Clinton se ha levantado con fuerza (después de once derrotas en línea) dispuesta a pelearle la candidatura demócrata a Barack Obama. Por otra parte, la barrida de John McCain en los cuatro estados que estaban en disputa le permite al senador capturar oficialmente la candidatura de su partido transformando una campaña que no valía nada al inicio de la contienda en uno de los regresos políticos más evocables de los últimos tiempos.

La victoria de Hillary es muy importante ya que le brinda un momentum a su campaña que le puede generar buenos dividendos en los próximos concursos electorales particularmente en el crucial voto de Pennsylvania del próximo 22 de Abril. Contra todo los convencionalismos políticos, la estrategia de Hillary de jugarse el todo por el todo en Texas y Ohio funcionó y dejó callados a todos aquellos que indirectamente le habían sugerido retirarse y apoyar a Obama. Si bien Hillary puede celebrar con orgullo su regreso triunfal en las urnas, el partido demócrata vuelve a enredar el empate entre sus candidatos dejando abierta la posibiliadd de que dicha contienda se extienda en el tiempo llenándose de hostilidades que podrían generar divisiones irreparables al interno del mismo.

A pesar de dicho temor, la participación demócrata en este periodo de primarias continúa reflejando un entusiasmo descomunal que sobrepasa abiertamente el interés republicano en la contienda. Si es que dicha tendencia se mantiene en las elecciones de noviembre, será prácticamente imposible para los republicanos continuar al mando de la Casa Blanca. En Texas, por ejemplo, Obama quedó de segundo con una cosecha de 1.356.330 votos mientras que McCain ganó la primaria republicana con un respaldo de 709.096 votos. En otras palabras, si Obama y McCain hubieran estado peleando el voto en Texas, Obama le habría ganado el voto al candidato republicano. Por esta misma vía, el argumento de Hillary de presentarse como la mejor opción demócrata por su capacidad de ganar estados grandes como Ohio y Texas, fundamentales para ganar la presidencia, pierde validez ya que los números de Obama en dichos estados son mejores que los del ganador republicano en esas contiendas.

Para contrarestar dicha tendencia en las urnas McCain necesita de tres cosas: Primero, el senador necesita unificar a su partido. Segundo, McCain debe comenzar a destacar su programa nacional contrastándolo con las ideas de Clinton y Obama. Tercero, el senador debe continuar atrayendo el interés de votantes independientes y moderados a su campaña. Si todo lo anterior funciona y el partido demócrata se quiebra en dos, las posibilidades de McCain de ganar la presidencia son más que reales. Por esta razón, el triunfo de McCain esta semana fue doble ya que el voto republicano le dió la candidatura y el voto demócrata le generó el escenario ideal para comenzar a consolidar su campaña a nivel nacional.

A pesar de la derrota, Barack Obama continúa liderando el voto popular, ha ganado más estados hasta el momento y sobre todo sigue liderando el conteo de delegados que al final decidirá la candidatura del partido. Si bien la diferencia entre Obama y Clinton es de más o menos 100 delegados y la balanza se podría en teoría mover para cualquier lado, Hillary debe ser consistente en sus victorias de ahora en adelante si es que de verdad quiere transmitir el mensaje de que su liderazgo no se limita exclusivamente a dar golpes fuertes en estados ricos en delegados.

Por el momento, John McCain goza del mejor panorama político y su partido tiene el factor tiempo como su mejor aliado para construir una candidatura fuerte con miras a las elecciones de noviembre. Al partido demócrata lo continúa favoreciendo el entusiasmo de los votantes pero será vital para sus intereses que sus candidatos comiencen a buscar elementos comunes para atacar la candidatura de McCain. Lo único cierto por el momento es que el estado actual de la contienda muestra un triple empate entre tres senadores que deberán continuar trabajando muy fuerte para alcanzar el tan anhelado trofeo de Pennsylvania Avenue.

lunes, 3 de marzo de 2008

Algo refrescante para Hillary

Después del popular video Yes We Can que varios artistas produjeron para la campaña de Barack Obama y que tan buena publicidad le ha generado al senador de Illinois, Jack Nicholson, uno de los más prestigiosos actores de Hollywood, le regala a Hillary Clinton un anuncio político que le cae de perlas a la senadora de Nueva York antes del crucial voto en Texas y Ohio. El mensaje de Nicholson es fantástico y seguramente dejará pensando a más de uno en un país en donde el apoyo de artistas carismáticos tiene un peso particularmente fuerte.