Para alcanzar la candidatura demócrata, un candidato debe obtener el respaldo de al menos 2.025 delegados en la fase de primarias. Este respaldo se asegura generalmente en la mitad de dicha fase. Sin embargo, este año con la cerrada lucha entre Clinton y Obama, la posibilidad de que uno de los candidatos alcance el número mágico de delegados se aleja cada vez más. Por tal razón, el voto de los superdelegados crece en importancia como uno de los vehículos a través de los cuales se puede desempatar la contienda.Durante la fase de primarias cada estado otorga un cierto número de delegados. Dicho número está compuesto por delegados comprometidos y no comprometidos (superdelegados). Por ejemplo, de los 40 delegados que otorga Mississippi, 33 son delegados comprometidos y 7 son superdelegados. Los 33 delegados se distribuyen proporcionalemente entre los candidatos dependiendo de los resultados de la primaria y éstos quedan comprometidos a pronunciarse a favor de un determinado candidato en la convención de partido que elige al ganador de la contienda. Son precisamente los delegados comprometidos los que representan el voto popular. Por el contrario, los 7 superdelegados no quedan comprometidos con ningún candidato después de la primaria sino que pueden optar por adherirse al candidato de su predilección.
Los superdelegados son líderes del partido que incluyen congresistas y gobernadores. Este año serán 795 los superdelegados que participarán en la convención del partido en Denver. Considerando que la diferencia actual de delegados entre Obama y Clinton es de más o menos 150 delegados, el peso de la adhesión de un bloque fuerte de superdelegados a una campaña podría ser definitivo a la hora de definir el ganador de la querella.
Clinton y Obama interpretan de manera diferente la forma en que los superdelegados deberían adherirse a un candidato. Para Obama se trata de hacer respetar el voto popular. Según el senador, aquel candidato que al final del periodo de primarias haya ganado la mayoría de delegados comprometidos debe recibir el apoyo de los superdelegados. Por su parte, Hillary cree que los superdelegados deben apoyar al candidato que demuestre tener más potencial para derrotar a John McCain.
Ambas tesis son entendibles si se tiene en cuenta que Obama lidera el conteo de delegados. Por la misma vía, se entiende la estrategia de Hillary de atacar a Obama llevando la lucha con su rival a un terreno hostil del cual será difícil salir. Bajo estas condiciones, la adhesión de los superdelegados a un candidato ofrece la posibilidad de unir o polarizar al partido afectando de manera positiva o negativa el respaldo del cual gozará el futuro nominado en las elecciones de noviembre.
Si Clinton gana el voto popular y agarra el apoyo de los superdelegados venciendo a Obama con su propia fórmula, la senadora contará con el respaldo de su partido en las elecciones de noviembre. Si por el contrario la senadora pierde el voto popular pero a través de artimañas políticas gana el apoyo de los superdelegados, la gente quedará con la amarga sensación de que su voto no contó aniquilando el entusiasmo que los demócratas han llevado a las urnas este año.
Por el otro lado, si Obama gana el voto popular de manera contundente logrando trasmitir en las últimas primarias que es un candidato con aceptación importante dentro de los grupos que Hillary ha dominado hasta el momento (clase trabajadora blanca, latinos y mujeres) seguramente contará con un fuerte respaldo en noviembre. Si por el contrario, Obama gana el apoyo de los superdelegados sin haberle trasmitido confianza al electorado sobre sus capacidades de dirigir la nación, su candidatura podría alienar un segmento considerable de la base demócrata en favor de McCain.
Todo está por verse. Lo único cierto es que la prolongación del empate entre Clinton y Obama acrecienta el impacto que los superdelegados tendrán en la solución final de dicha contienda. Si a través de este medio se termina por resolver la candidatura demócrata, el éxito del próximo aspirante a la presidencia dependerá en gran parte de la forma en que los superdelegados se adhieran a una determinada campaña. En las manos de los superdelegados puede estar en últimas la responsabilidad de que los demócratas ganen o pierdan la Casa Blanca.



