La decisión del próximo 31 de mayo que efectuará el Comité Demócrata Nacional (ente rector del partido demócrata) con respecto a los delegados de Michigan y Florida podría equiparase en importancia a otra primaria. Por el bien de la credibilidad del partido demócrata, lo mejor sería que dicho pronunciamiento terminara de una vez por todas con las aspiraciones presidenciales de Hillary Clinton.En las últimas dos citas electorales, Hillary Clinton le propinó estruendosas derrotas a Barack Obama en West Virginia y Kentucky. Derrotas que por márgenes extensos reflejan los grandes problemas que Obama está teniendo con el voto de la clase trabajadora blanca en toda la franja de estados situados en los apalaches y la zona industrial del Midwest. A pesar de ésto, la senadora no ha logrado remontar la estrecha pero consolidada ventaja de la cual goza Obama con el voto popular y los delegados de su partido.
Si bien es cierto que Clinton ha pegado duro y la estrategia de haber jugado la carta racial en contra de su oponente ha generado una polarización al interno del partido que le ha favorecido, Obama se encuentra hoy por hoy ad portas de alcanzar la candidatura demócrata gracias a que ha seguido sumando delegados con sus buenas actuaciones en estados como Carolina del Norte y Oregón. Igualmente, muchos de los superdelegados (activistas del partido cuyo voto no está ligado a los resultados de ninguna primaria o comicio) se han ido moviendo poco a poco en favor de la candidatura del senador de Illinois.
Tal vez por frustración propia, Clinton se ha dedicado por estos días a gritar a los cuatro vientos como un Quijote en delirio que ella lidera el voto popular de esta fase de primarias. Dicho delirio podría ser una realidad siempre y cuando el Comité Demócrata Nacional (DNC, por sus siglas en inglés) le otorgue a la senadora los delegados que acaparó en sus victorias de Michigan y Florida. El problema radica en que dichos triunfos fueron simplemente simbólicos ya que estos estados perdieron la totalidad de sus delegados cuando decidieron adelantar sus primarias violando las reglas del DNC. Por la misma razón, Obama no apareció en la balota de Michigan y tampoco hizo campaña en Florida.
Ahora que la campaña Clinton parece estar dándose cuenta de que su plan de persuasión con los superdelegados está fallando, la maquinaria de la senadora ha comenzado a presionar al DNC para que tenga en consideración a los delegados de Michigan y Florida. Si el DNC decide otorgarle a Clinton los delegados obtenidos en dichos estados, la senadora podría retomar el liderazgo de la contienda. Si por el contrario, el DNC decide hacer respetar sus reglas, las esperanzas de Clinton podrían de una vez por todas esfumarse.
Más allá de todo, la pregunta sensata que el partido demócrata debería plantearse ahora es la siguiente: ¿Considerando la forma en que se han desarrollado estas primarias, sería justo que Hillary Clinton ganara la candidatura del partido? La respuesta sensata es no. Si bien es cierto Clinton ha demostrado ser una contendiente ejemplar no nos debemos olvidar que la campaña de la senadora es la misma que pensaba haber aniquilado a Obama en febrero después del Super Martes, la misma que ha jugado una guerra sucia manchada por el divisionismo racial del país y la misma que pretende centrar sus esperanzas de victoria en remover las sanciones contra dos estados que desde el inicio se sabían no estaban en juego para ningún candidato.
Ante una matemática que se le escapa y unos superdelegados que no se han dejado impresionar por sus últimos triunfos, Clinton continúa esperando que un milagro destruya la campaña de Obama. Ejemplo de lo anterior lo deja ver un reciente comentario de la senadora en el que destacaba la importancia de prolongar la contienda demócrata haciendo referencia al asesinato de Robert Keneddy en 1968. El 31 de mayo el DNC tiene la oportunidad de acabar de una vez por todas con un asunto que los superdelegados no han querido resolver.

