Un poco más de siete años atrás, mientras el centro de Manhattan todavía respiraba el polvo tóxico en el cual se habían convertido las Torres Gemelas, los Estados Unidos recibían el apoyo del mundo entero con un gesto de entendimiento global que había sido ajeno a las políticas del siglo XX y que iba más allá de una simple simpatía por el dolor de la tragedia ocurrida el 11 de septiembre del 2001.En medio de la desgracia, era reconfortante presenciar el afán con el cual los líderes del mundo (incluidos aquellos hostiles a Washington) querían ponerse del lado de una nación que históricamente había sido condenada por su intervencionismo en todos los rincones del planeta. Parecía, como si de repente, aquel acto infame estuviera paralelamente abriendo la ventana a un diálogo y un consenso global sobre los valores que deberían moldear nuestro futuro colectivo.
George W. Bush se encontró entonces con una oportunidad histórica sin precedentes: El mundo se había convertido de la noche a la mañana en un sólo aliado. Sin embargo, la respuesta que le dio la administración republicana a dicha oportunidad fue la implementación de una agenda neoconservadora que prefirió el unilateralismo a la posibilidad de consenso. La activación de tal agenda se convertiría en el punto de partida de un periodo oscuro dominado por la incertidumbre.
Siete años después, la comunidad internacional parece devolverle a los Estados Unidos la simpatía que George W. Bush desperdició con su arrogancia. Dicha simpatía tiene su origen lógicamente en la elección de Barack Obama a la presidencia del país. De hecho, si el mundo hubiera votado con el pueblo estadounidense el pasado 4 de noviembre, el planeta entero habría quedado pintado de azul demócrata. El siglo XXI ha decidido darle a los Estados Unidos una segunda oportunidad de construir el liderazgo que nuestro tiempo demanda.
Vale la pena anotar, sin embargo, que la oportunidad que se le presentó a Bush seguramente fue mucho más grande que la que aparentemente tendrá Obama. Mientras el presidente republicano pudo haber generado liderazgo construyendo, Obama tendrá que generar liderazgo reparando. Siete años atrás, el terror sembrado por el 11 de septiembre había volcado el mundo en torno a los ideales que sostienen la democracia estadounidense. Hoy por hoy, después de que dicho ideales han sido pisoteados por una guerra innecesaria y escándalos como el de Abu Ghraib, Obama tendrá que lidiar con una comunidad internacional más reservada en su apoyo.
A pesar de ésto, el mundo le ha dado una cálida bienvenida a la elección de Obama creando con ello la esperanza de que los asuntos más importantes del momento puedan finalmente ser tratados en un foro de consenso. A lo largo de su campaña, el nuevo presidente transmitió un mensaje visionario que de ser puesto en práctica bien podría darle la oportunidad al mundo de comenzar finalmente el siglo XXI. A George W. Bush la tarea le quedó grande. Esperemos que a Barack Obama no le suceda lo mismo.

1 comentario:
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