lunes, 2 de junio de 2008

Que gane el juego limpio

La salomónica decisión que el Comité Demócrata Nacional adoptó con respecto a los delegados de Michigan y Florida dejó la carrera demócrata en el mismo limbo en que se encontraba antes de dicho pronunciamiento. Un limbo que seguramente terminará por premiar la decencia política de la campaña de Obama.

El fallo del Comité Demócrata Nacional (DNC, por sus siglas en inglés) fue salomónico porque logró reconciliar dos posiciones fundamentales: hacer respetar las reglas del ente rector del partido y hacer valer el voto de todo el electorado. Por el bien de la unidad del partido, el DNC reajustó las sanciones que le había impuesto a Michigan y Florida reconociendo la mitad del voto de los delegados adjudicados a dichos estados. Esta decisión fue una derrota para la campaña Clinton que esperaba obtener un conteo absoluto de los delegados que había obtenido en ambas primarias.

Howard Dean, presidente del DNC, había abierto el debate sobre Michigan y Florida diciendo que dicha reunión no tenía nada que ver con las campañas de Obama y Clinton sino con la unidad del partido. A pesar de que el DNC actuó dentro de dicho marco, fueron precisamente los intereses de Clinton en la contienda los que motivaron el acalorado debate sobre delegados en disputa.

Muchos de los seguidores de Clinton invadieron las inmediaciones del hotel Marriot Park Wardman en D.C. (sede de la reunión) y no se cansaron de sabotear con chiflidos y gritos los pronunciamientos de cualquier miembro del DNC que se atrevía a poner en tela de juicio el conteo total de delegados en cuestión. Muchos de estos seguidores llegaron promulgando la idea de que el DNC les estaba robando los votos y que el despojo total de delegados era antidemocrático.

El disgusto de los seguidores de Clinton es entendible pero cínico por su oportunismo. Basta sólo recordar que cuando el DNC decidió despojar de todos sus delegados a Florida y Michigan por haber adelantado sus primarias violando las regulaciones del ente rector del partido, todos los candidatos demócratas, incluída Hillary Clinton, aceptaron la sanción y se comprometieron a no hacer campañas en dichos estados. Como consecuencia de lo anterior, la gente que votó en Michigan y Florida sabía perfectamente que su pronunciamiento electoral era de tipo simbólico.

Lo verdaderamente irritante del caso que Clinton promovió el pasado sábado ante el DNC es que su campaña no hizo nada por rescatar la unidad del partido sino que se limitó a tratar como un robo cualquier postura que no reconociera un conteo total de delegados. Harold Ickes, uno de los consejeros más altos de la campaña de la senadora, se refirió a la nueva decisión adoptada por el DNC como un secuestro de delegados en favor de Obama. Ickes terminó su intervención con un tono desafiante con el cual anunciaba que su candidata le había dado instrucciones de reservarse el derecho de apelar la decisión del DNC abriendo la posibilidad de extender dicha disputa hasta la convención del partido.

La actitud de Ickes es el reflejo de una campaña desesperada que no sabe que inventarse para ganar la contienda. ¿Por qué no se habló de robo de votos cuando el DNC anunció la sanción contra Florida y Michigan a principios de este año? Seguramente porque Hillary pensaba que la candidatura la tendría lista en febrero después del supermartes. Ahora que a Clinton le convenía hacer valer los votos de dichas primarias, la decisión del DNC dejó de ser una sanción para convertirse en un robo.

El DNC tomó la decisión correcta en favor de la unidad del partido. Con el cierre de la fase de primarias esta semana, los superdelegados que todavía no se han adherido a ningún candidato tienen la oportunidad de abrazar el juego limpio que ha planteado Obama en esta contienda y castigar la politiquería al mejor estilo republicano que ha definido la campaña de Clinton. Llegó el momento de premiar la decencia.

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