La candidatura de Barack Obama finalmente se convirtió en una realidad y el partido demócrata ha optado por una bandera de cambio para luchar contra la experiencia del candidato republicano John McCain. Una querella que de plantearse en un plano positivo será memorable por el choque de ideas. La fase de primarias que cerraron Dakota del Sur y Montana, se concluyó con una noche memorable para la política estadounidense que le ha dado la oportunidad a Barack Obama de convertirse en el primer afro-americano en alcanzar la candidatura presidencial del partido demócrata en su historia. Un hecho tremendamente positivo para el avance de las minorías étnicas del país que extiende a una nueva dimensión el concepto del sueño americano. La victoria de Obama, producto de una campaña bien elaborada y de un mensaje refrescante y optimista que contagió a una nueva generación de votantes, simboliza además el triunfo del cambio sobre la experiencia.
Es precisamente este duelo del cambio contra la experiencia el que igualmente definirá la contienda de los próximos cinco meses entre Obama y McCain. Lo interesante de dicho duelo (a diferencia del enfrentamiento demócrata entre Obama y Clinton) será que este debate pondrá cara a cara a dos candidatos que poseen visiones del mundo diametralmente opuestas en prácticamente todas las esferas de acción. En otras palabras, el electorado tendrá la fortuna de poder escoger entre dos individuos que ven con ojos muy distintos la situación en Iraq, la guerra contra el terrorismo, el libre comercio, el manejo de impuestos, las políticas ambientales y el papel del estado en distintas funciones administrativas.
Dicho choque de ideas será fundamental para dos candidatos cuya primera misión (curiosamente común a ambos) será la de tratar de unificar las bases de sus respectivos partidos. McCain todavía tiene que hacer muchas cosas para ganarse el afecto del brazo conservador republicano y Obama tiene por delante la ardua tarea de unificar a un partido demócrata que termina polarizado después de una fase de primarias en donde el juego sucio, promovido principalmente por Clinton, sembró resentimientos que no serán fáciles de reconciliar.
Para Obama la campaña presidencial que comienza a elaborar desde ahora será como un proyecto práctico en el que podrá demostrar lo que pregona. Tal y como lo expresa un reciente análisis de Johnathan Allen en Congressional Quarterly, el éxito de Obama de unificar a su partido después de unas primarias que dividieron a los demócratas, será visto como una prueba de su habilidad para cumplir con la promesa de unir al país como presidente. Si Obama fracasa en dicho objetivo, fracasará en su empresa de alcanzar la Casa Blanca. Precisamente eso será lo que tratará de buscar McCain y por tal motivo no sería raro que el candidato republicano se deje seducir por la idea de querer agrandar las heridas que ha dejado Clinton en la imagen de Obama haciendo uso de ataques envenenados como los de la senadora.
Sin embargo, la facilidad que tiene McCain de atraer votantes independientes y moderados a sus huestes (virtud que también posee Obama) lo puede llevar a optar por el choque de ideas en lugar de artimañas negativas en contra de Obama. Por el bien de unas sanas elecciones presidenciales, sería bueno que el enfrentamiento entre McCain y Obama se centrara en el debate de ideas y no en hechos tangenciales a las personalidades de ambos candidatos. El duelo demócrata dejó mucho que desear en ese sentido probablemente porque las diferencias de fondo entre ambos candidatos eran pocas. Ahora que la contienda parte con un antagonismo definido sería ideal que esta segunda batalla entre el cambio y la experiencia se centre en las ideas. De ser así, lo mejor todavía está por venir.

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