Con tantos estados en juego, el Super Martes le dió altos y bajos a todos los candidatos. Ciertamente, a John McCain le brindó más alegrías que a los demás. Sin embargo, al final del voto nadie salió con el aura de líder que se necesita para ganar la Casa Blanca.El Super Martes es como un almuerzo pesado que no es fácil de digerir. Después de conocer los resultados de este pronunciamiento político tan representativo de la democracia estadounidense, la digestión de dicho banquete electoral ha quedado plasmada en los miles de análisis que hoy por hoy llenan los medios de comunicación con explicaciones sobre lo ocurrido en este especial día. Algo que viene a la memoria después de esta jornada electoral es la gran ironía detrás las primarias de Michigan y Florida.
Dichos estados decidieron adelantar sus primarias (violando las reglas de cada partido), en señal de protesta contra un sistema electoral que se niega a despojar a Iowa y New Hampshire del protagonismo que les brinda el hecho de inaugurar el proceso de comicios y primarias a nivel nacional. Lo irónico de dicha protesta (sancionada drásticamente por ambos partidos) es que en un año en el cual la contienda política está tan reñida, el protagonismo seguramente se lo terminarán robando los estados que participarán en la fase final de dicho proceso tal y como lo demuestra la falta de definición reflejada en el Super Martes.
Es indudable que la ventaja de John Mccain sobre sus rivales seguramente seguirá creciendo hasta darle la candidatura republicana al senador de Arizona. Sin embargo, su desempeño en el frenético Super Martes no le alcanza a dar el caracter de líder que su partido necesita para pelear la presidencia con decisión. A pesar del momentun que traía McCain antes del Super Martes, la incapacidad del senador de ganar al menos la mitad de los estados en juego deja la sensación de que todavía la base de su partido no está detrás suyo. Más aún, el sorpresivo desempeño de Mike Huckabee ganando varios estados en el Sur, muestra que McCain tiene problemas para atraer la simpatía de la base conservadora de su partido. Con una ventaja por construir, será interesante ver la forma en que el senador intentará acaparar la atención de la base republicana y sobre todo si está dispuesto a negociar sus posiciones ideológicas en favor del respaldo que necesita.
Por el lado demócrata, el Super Martes definió un empate entre Clinton y Obama que señala una caza abierta por tres presas diferentes: delegados, segmentos poblaciones y momentum. Ahora más que nunca, la lucha se moverá en un complejo ajedrez político en donde mover cada pieza puede representar la diferencia entre ganar o perder un delegado. Por otra parte, los candidatos buscarán alargar un campo de acción poblacional que por el momento le otorga a Clinton el apoyo de ancianos, mujeres, hispanos y segmentos populares, mientras que premia a Obama con el respaldo de jóvenes, afro-americanos y gente educada. Será además muy posible ver a cada candidato exagerando cualquier adhesión, victoria o tendencia que le pueda brindar momentum a su campaña. En el Super Martes, por ejemplo, Hillary calificó de duro revés para Obama su victoria en Massachusetts (restándole importancia a la adhesión de Ted Kennedy en favor del senador de Illinois) mientras que la campaña de Obama resaltó el respaldo recibido por la población masculina blanca sugiriendo un creciente apoyo de parte de uno de los grupos poblacionales que todavía no parece jugar en favor de ningún candidato.
Tradicionalmente, el Super Martes es la consolidación de una candidatura. Este año la historia es diferente. Líneas divisorias afectan a ambos partidos llevando consigo el riesgo implícito de fragmentar el apoyo que los elegidos de cada bando pueden disfrutar en las elecciones presidenciales de noviembre. La delantera de McCain y el empate entre Clinton y Obama, le otorga una ligera ventaja al partido republicano ya que habrá más tiempo de consolidar una candidatura alrededor de McCain que alrededor de Obama o Clinton. Para contrarestar ésto, el partido demócrata deberá mantener un tono cordial en su contienda con el fin de trasmitirle a su electorado un sentido de unión a lo largo de las líneas ideológicas del partido sobre todo cuando éstas se contrastan con los ideales republicanos. De lo contrario, se corre el riesgo de partir en dos la base del partido demócrata poniendo en peligro un regreso a la Casa Blanca que en teoría parece inevitable tal y como lo demuestra la abrumadora participación demócrata en lo que va de estas elecciones.
En todo caso, la inevitabilidad es algo que no pertenece más a esta contienda. Hace un par de meses atrás era inevitable una duelo presidencial entre Clinton y Giuliani, un triunfo de Romney en Iowa y una victoria de Giuliani en Florida. Hace medio año atrás, parecía inevitable la salida de John McCain de la contienda electoral por falta de fondos. De aquí en adelante, lo único cierto es que el concurso electoral de este año seguirá pacientemente buscando estado por estado a los líderes capaces de unir las bases de dos partidos que todavía no logran conciliar las diferencias internas que poseen.

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